28/4/12

Disolución intrascendente



Cuando finalmente cayó la tromba de agua, ya no quedaba ningún desastre que limpiar. Nada que se pudiera llevar la corriente.

Y esa masa de huesos y carne que permanecía impasible bajo el diluvio local, desprovista de todo menos de su miserable vida , dejó que la lluvia escenificara las lágrimas que largo tiempo atrás había derrochado en las frías noches de invierno.

Al final lo inevitable se hizo patente. De tanto llorar y llorar, aquellos cuerpo, mente y corazón, se diluyeron en la tormenta como pequeños cachitos de óxido que se desprenden de su envase original. Y así su vida, lo único que le quedaba, se hizo caudal. El caudal arroyo. El arroyo río. Y eventualmente, con el permiso de la tierra, al final el río se hizó mar.

Y allí se quedó, en forma de nada y a la vez de todo. Formando parte solamente de la inmensidad.